Canciones bajo tierra: identidad y orgullo minero.

Canciones que erizan la piel, que nos transportan a la profundidad de la tierra, al trabajo de chuzo y pala, a la comunidad, pero sobre todo, son canciones que nos recuerdan cómo es el trabajador de la minería, con sus penas, triunfos y alegrías.

Es todo un desafío hacer que la historia sobreviva al paso del tiempo. Hacer que los recuerdos, momentos y vivencias se transmitan de generación en generación. Si bien con los avances tecnológicos es fácil capturar en fotos, videos o audios los pequeños fragmentos de la historia social e individual, hacer que las otra personas sientan la historia es lo complejo. Y es ahí donde muchas veces se instalan las barreras que separan, en esa incapacidad de entregar sensaciones y emociones respecto a los acontecimientos que han marcado nuestras vidas. Sin embargo, la música aparece como una posibilidad entre tanta complejidad. 

Todas y todos tenemos una canción que nos evoca a un momento específico de nuestra vida, incluso puede ser que tengamos más de una y para diferentes momentos. Algo tiene la música y algo especial por lo demás. 

El 18 de septiembre del 2010 fueron miles de chilenos los que entonaron el himno nacional a las 12:00 hrs. Incluyendo los 33 mineros atrapados en la mina San José. Ese día se celebraba el Bicentenario de Chile y se hacía con un grupo de trabajadores bajo tierra. Por unos minutos el país olvidó la tragedia y aquellos hombres que llevaban 45 días a 720 metros de profundidad, también se sumaron al canto nacional. ¿Fue el himno lo más relevante de aquel momento o más bien lo que permitió ese espacio? Dejar salir todo tipo de emociones en un contexto histórico y complejo. 

Ahora bien, independiente de que es lo “verdaderamente” relevante, es interesante ver y analizar todo lo que evoca una canción, melodía o himno. Desde algo superficial, hasta la conexión del pasado y presente mediante aquellas letras que buscan transmitir una historia, cultura, tradiciones e identidades. Como lo es, por ejemplo, la cultura e historia minera. Aquella que, entre otras manifestaciones artísticas, busca rescatar una identidad que muchas veces se olvida o esconde bajo tierra.

El Teniente. 

Canciones bajo tierra
Imagen de archivo.

Ir más allá del olvido y sobre todo, del tiempo. Eso han logrado  las canciones e himnos mineros. Los que si bien no son conocidos por todas las personas a lo largo del país, si lo son en las ciudades y comunidades que se han construido al alero del desarrollo minero. Como por ejemplo en Machalí, comuna de la Región del Libertador General Bernardo O’Higgins, a 50 kilómetros de Rancagua. Comuna donde está el yacimiento de cobre subterráneo más grande del planeta: El Teniente. 

“Tradición y libertad”, dice el himno del Colegio Mineral El Teniente. Haciendo referencia a los más de 100 años de trabajo en el yacimiento y sobre todo, al orgullo de las y los habitantes de la zona por lo que la tierra les ha entregado:  “ayer fuiste en la montaña, cobre, viento, nieve, sal”, escribió el profesor Ricardo Arias. 

A 60 kilómetros de Rancagua, en plena Cordillera de los Andes y a 2.200 metros sobre el nivel del mar, se instaló el Campamento Sewell en 1905. La primera ciudad industrial de cobre en el país (según indica el Consejo de Monumentos Nacionales). Como un acto de recuperación y preservación histórica, los relatos personales, las vivencias y momentos que marcaron la vida de los mineros de El Teniente y de las y los habitantes del campamento, se llevaron a canciones. 

“Sewell, canciones de las alturas”, recoge ocho canciones de las 16 que le dan vida a “Sewell, teatro musical”, obra de creación original de Felipe Espinoza y que cuenta con la participación de 20 artistas en escena. Cada pieza teatral busca transmitir la historia del campamento minero, declarado Patrimonio de la Humanidad según la Unesco, a las nuevas generaciones y hacer que quienes formaron parte de aquella época, puedan revivir algunas vivencias. 

Lota 

“No le arredra al temor y no cede, al peligro que pueda encontrar, el minero jamás retrocede, pues su lema es siempre triunfar”, entonan con orgullo las y los habitantes de Lota con su Himno al Minero. La ciudad ubicada a 42 kilómetros al sur de Concepción, Región del Biobío, se fundó en 1662 y sus yacimientos de carbón han marcado la historia del país. 

Con “su alma noble y su pecho de acero”, como dice el himno, los mineros del carbón fueron construyendo una comunidad en Lota Alto. Campamento minero que contaba con viviendas, pulperías y todos los servicios básicos para los trabajadores del carbón, proporcionados por la Compañía privada Carbonífera Lota Schwager.

La cultura del carbón se extendió por toda la ciudad, los trabajadores junto a sus familias compartían constantemente con sus pares, los campamentos mineros, pese a las diferencias entre los trabajadores, eran verdaderas comunidades que además de enorgullecer al resto de habitantes de Lota, transmitían una identidad propia del quehacer minero. 

Extraer el carbón de piedra en minas subterráneas, eran labores que ponían a los mineros en constante peligro y que por lo mismo, implicó que desarrollarán ciertas habilidades como la sensibilidad auditiva para protegerse de los peligros y sobre todo, conocer el terreno por donde pisaban. 

“Reconocer los sonidos habituales del interior de la mina era un elemento de identidad para los mineros y a la vez de estatus y conocimiento de la mina, diferenciándose de esta manera, los mineros antiguos de los recién llegados o aprendices”, (Uribe, H. 2009: Sonidos con memoria).

En 1997 la mina de carbón fue cerrada, por los costos económicos que significaba mantenerla a flote. Y si bien hoy la fuente laboral de la zona está lejos de la minería, la historia de Lota y los mineros del carbón es aún recordada en el himno del Club Deportivo Lota Schwager: 

“Gratitud para los nuestros, al minero de sincero corazón. El elogio a la visión de directivos que así vibran por la zona del carbón”. 

El suelo de Chuquicamata 

Canciones bajo tierra.
Imagen de Diario El Viajero

“De sus suelos se saca Cobre del bueno, que nos da vida”, canta Antonio Prieto, autor de Chuquicamata. Canción que pone en escena el valor del suelo nortino, el mismo que hoy está generando tanto debate en cuanto a sus riquezas naturales. 

Considerada la mina más grande del mundo en su tipo (rajo abierto), Chuquicamata, yacimiento de cobre y oro, fue habitado en sus inicios por los pueblos indígenas de la zona: aimaras y chucos o chuquis. Pasado el período de la conquista, se instaló el “Campamento Minero Americano”, donde vivían principalmente ingenieros y ejecutivos estadounidenses, además de los trabajadores de las minas y sus familias, según señala el Consejo de Monumentos Nacionales en su declaratoria de Chuquicamata como “Zona Típica”. 

Y si bien el campamento se cerró y sus habitantes fueron trasladados a Calama y otros a Antofagasta y La Serena, las canciones, poemas, himnos y libros sobre lo que fue el campamento, el desarrollo de las ciudades aledañas gracias al fortalecimiento de la minería en el sector y a las riquezas del suelo nortino, rescatan los fragmentos de una identidad muchas veces invisibilizada.





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